¿Te diré aquí tienes los cuentos que escribí?

A las cuatro de la mañana, revisé elnorte.com. Llega Miguel Bosé a Monterrey. Mi grito se escuchó hasta la Puerta del Sol de Madrid. Más de veinte años y once meses esperándolo y me perdí el recibirlo en el aeropuerto. Más de viente años y once meses contando los días y en la televisión confirmaron la noticia. Mi corazón quedó herido de guerra. El ceño fruncido. La úlcera en el estómago. Pero el sujeto ya estaba en mi ciudad y yo quería entregarle en su mano mis cuentos y decirle aquello de tan bello es caer a tus pies.

Había pasado una noche inolvidable e intensa leyendo, escribiendo. Derrotando a la distancia y los imposibles con un alud de kilobytes enviados por medio de un enter. Grace recomendó dormir. Necesitaba hacer unas llamadas sobre mi trabajo, cuestiones de unos planos y concertar citas. Hablo a la imprenta a ver si ya están los libretos. Aún no llega el tipo que me los imprimirá. Ya que logré resolver esos pendientes, me dispuse a dormir.

Me recuesto en la cama. Suena el teléfono. ¿Ya viste que llegó Bosé? Alcohol en la herida abierta. Sí. ¿No estás de humor? No. Bye. Bye. Teléfono de nuevo. ¡Ya llegó Bosé! ¿Lo viste? No. ¡Pendeja! Pues no, no fui. Oh. Teléfono insiste. ¿Tienes con qué anotar? Hotel Equisequis. ¡No mames, ese está muy chafa! Pues sí, pero ahí está, me lo dijo una buena fuente. Pues sí, puede ser. Investiga. Investigaré. Llamo al Hotel, por supuesto, no me pelan.

Llamo a la imprenta de nuevo. No, pues se los tenemos hasta pasado mediodía. Llámenos a las dos. Ok. Teléfono. Córrele, está en el Quinta Real. Sí, pero aún no tengo los libretos. Otra llamada. Lánzate, está en el Presidente Intercontinental. Pero no tengo aún los libretos. ¿Qué no los pediste antes? Sí, desde el miércoles, para el sábado, pero hoy es martes y aún no los tienen. Uh. Uh.

Marisa me recomienda que llame a Estaparte y que les diga de qué se trata. Llamo a Estaparte. No, no te puedo decir nada. Mira, es que yo soy escritora y sólo necesito un minuto con él para entregarle unos escritos que le he hecho. No sabes cuánto tiempo lo he esperado. Sólo necesito un minuto con él para dárselos en la mano y decirle que lo he hecho para mí y para él y que los reciba y que si tiene tiempo los lea. Eso es lo que necesito o si me dijeras quién lo podrá ver de cerca que me haga favor de entregárselos. La recepcionista se conmueve. Ok. Mira, no puedo hacer gran cosa por ti, lo único que puedo decirte es que le llames a Fulana, pero no le digas quién te dio su teléfono. Ok.

Llamo a Fulana, diez minutos en el celular, mi cartera empequeñeciendo en cada intento. Mira, al ARTISTA no se le puede molestar con esas cosas. Él viene a sus conciertos, no tiene tiempo para esos asuntos. Si gustas, envíale tus textos a su página web o a la disquera. Ya se los mandé. Todos los lunes le envío un cuento nuevo y todos los días la dirección de mi blog a su página web. Bueno, entonces espera a que te contesten. Yo no puedo hacer nada por ti. Podrías ser amable. Eso lo pensé pero no lo dije. Mi política fue no pelear con nadie. Cuesta, pero vale.

Marcela Boseída informa. Viene a un evento a beneficio mañana. Conferencia de prensa en Talhotel. Eso me da la idea de llamar a la fundación que lo trae. No hay alguien que pueda ayudarme. Me piden que llame 13:30 para hablar con la doctora encargada del evento.

Como ya había agarrado vuelo. Llamo a la Fundación CIE a México. Ahí me informan que los encargados del evento son los de Otraparte. Me enlazan a Otraparte. Repito mi letanía. Entonces se me ocurre dictarle el link de mi página. La persona lo ve. Oye, está muy padre lo que has hecho, mira, llámale a Estapersona.

Consigo hablar con la secretaria de Estapersona. Me deja en espera quince minutos. Durante la espera, en el msn un mensajito Córrele a Talparte o se te pela. La secretaria se cansa. Dice que le de mi teléfono y que ella me llama. Esperé sentada un rato. Estupefacta como una intrépida libélula viéndome en el espejo toda incrédula. La mañana se ha escurrido de mis manos entre llamadas de teléfono y noticias. En fin, es sólo un día el que paralizo mi vida. Sólo un día.

Tomo un baño. El agua me tranquiliza. Una pera, un durazno y una manzana inauguran mi garganta. El café me sabe a agua de tanta adrenalina. Dos tazas no consiguen ponerme a tono. Subo de nuevo al estudio. Sigo con las llamadas.

El honor existe. La secretaria me devuelve la llamada. Me indica a dónde me dirija para dejar mis textos. Alguien se lo entregará. Por lo menos consigo eso como cierto. Llamo a Ladoctora. El círculo se cierra, pues me remite a la misma Otraparte. Concluyen mis negociaciones.

Grace y yo comemos juntas. ¿No te dormiste? No. ¿Y qué vas a hacer? Llamar a la imprenta. ¿Y luego? Ir a dejar el texto a donde me dijeron, pero primero voy a hacer el contacto, a ver si es posible el asunto del encuentro.

Voy al centro. Hago unas vueltas. Observo catálogos de luminarias para exteriores, pues lo necesito para un proyecto. Regreso a casa. Aún no están los libretos. Decido dar por concluida la Operación Tan bello es caer a tus pies. Duermo. Duermo de una pieza hasta que suena el timbre de la casa con las hojas impresas. No tuvieron opalina, se irán en papel bond. Renuncio a salir a engargolarlos. Mañana será otro día. El día B. Como vivo cerca del aeropuerto, me escuece un poco pensar que por aquí pasará y no lo veré. Marisa llama más noche. Hasta propone rentar una habitación en el hotel para que me dejen pasar y lo pueda interceptar.

Aunque el dice Tirar p’adelante, hasta que el corazón aguante, yo ya no puedo más. ¿Realmente será tan bello caer a sus pies? No lo sé. Lo que sí sé, es que lo mejor de este día ha sido tener amigos tan solidarios, tan enterados y tan dispuestos a ser parte de esta locura.

LSM; Octubre 16 de2007

Publicado en on Octubre 22, 2007 at 5:33 pm Dejar un comentario

Cuenta regresiva

18.09.07.- Sólo faltan 30 días y ni uno sólo más para el concierto de Bosé. ¡Estoy que salto de la emoción! Treinta días para escucharlo cantar treinta canciones. Tiraaaaaaaaaaaaarrrrrrrrrrrrrr p’alaaaaaaaaaaaaante, hasta que el corazón aguante.

19-09-07.-Sólo faltan 29 días y ni uno sólo más para el concierto de Bosé. ¡Brinco de gusto! 29 días para escuchartlo cantar treinta canciones. Más de lo mismo y aún así sorprendente.

20-09-07.- Sólo faltan 28 días y ni uno sólo más para el concierto de Bosé. Canto “Nena” cuando transito por la calle. Quiero ver la ciudad con sus ojos.

21-09-07.- Sólo faltan 27 días y ni uno sólo más para el concierto de Bosé.

22-09-07.- Sólo faltan 26 días y ni uno sólo más para el concierto de Bosé.

23-09-07.- Sólo faltan 25 días y ni uno sólo más para el concierto de Bosé.

24-09-07.- Sólo fantal 24 días y ni uno sólo más para el concierto de Bosé.

LSM Boseída 

Publicado en on Septiembre 18, 2007 at 4:38 pm Dejar un comentario

Pa-piiiiiiiiiiiii-to!

Despertar de malas, después de haber dormido sólo tres horas, no es buena idea para comenzar el día. Encender la televisión en el canal que se ha quedado la noche anterior y que no programa las noticias, tampoco, encontrarlas menos. Pero subirle el volumen sí. Entonces aparece la magia, el encanto, el milagro y él con su voz, con su modo de andar y ese look chachachá que nunca en él se verá vulgar. Mis cejas le hacen un arco triunfal, enmarcando una sonrisa fuera de toda proporción terrena. Me quedan chiquitos los emoticons del messenger y todo mi cuerpo despierta y como estoy sola hasta comienzo a cantar.

Bosé, el papito, reclama su espacio en los titulares del noticiero de mi vida; seguido de lejecitos por Antares. ¡Viene a mi ciudad! Hay que ponernos a barrer las avenidas, calles, pasillos y banquetas. En la tele apenas se han dado por enterados pero ya tengo mis boletos desde hace tres semanas. Qué me importa que ahora cante con Paulina Rubio, o hasta con la Venegas, Ricky Martin o la mona de la Oreja, si también canta con Mina, si él sigue diciéndome nena y salgo feliz de la cama para alistarme e irme a trabajar.

Mientras preparo mis cosas, repiten y repiten y repiten el anuncio. Ocesa está ajena de la discusión de la Ley de Medios y ha comprado tiempo en casi todos los bloques comerciales del noticiero. Cada que él me dice nena yo volteo, porque claro que lo dice por mí. Ajusto el sostén y acomodo el contenido porque alguna vez pensé que en lugar de “y esas cejas” decía “y esas tetas”.

Hoy caminaré erguida, desfilaré en mi pasarela, cantaré, comeré los días que restan hasta el dieciocho de octubre, tendré arcángeles en la mirada, andaré insufrible en condición hiperlactante, con mi entusiasmo emularé a una bandera a toda asta ondeando gallarda en el mes de la patria seré una sofisticada diva o por lo menos así me sentiré.

Bosé viene a mi ciudad, en un concierto que compartiré con miles de personas y con mis afectos esenciales. Cantará en el escenario mientras todos lo escuchamos y yo sentiré que canta solo y sólo para mí. ¡Ay, Bosé! Tan bello, tan bello, tan bello es y tan bello será caer a tus pies.

Lorena “La nena” Sanmillán

Publicado en on Septiembre 12, 2007 at 9:14 pm Comentarios (2)

Amante bandido

“La Pava” y su familia, todos cristianos, no faltaban los domingos al servicio de la Iglesia Esmirna. No sólo iban a escuchar, eran participantes entusiastas de todas las actividades. La hermana mayor cantaba con los adolescentes, la madre coordinaba el coro y el padre daba clases a los párvulos. Él recogía la ofrenda y hacía servicio comunitario.
Además de ser rubio, se distinguía de los demás muchachos por callado. Le decían “La Pava”, porque de pequeño, dentro de la influencia pagana del vecindario de clase media, había aprendido a bailar esa cumbia del mismo nombre que estaba de moda cuando él tenía dos años.
A mí, por respeto a su familia, a su amistad con mis hermanos, a su edad, pero sobre todo por no concordar con el género, me resultaba muy difícil llamarlo así. ¿No debería ser “El pava” o “El pavo” o ya de perdido “El pavito”? Pasaba horas buscándole la lógica a su apelativo. Sin embargo, no recuerdo su nombre y menos aún porque siempre se movió entre apodos. Y así será recordado para la posteridad, por lo menos en el barrio, y ahora con el internet, a nivel mundial.
Las noticias comunes de la colonia, bautizos, bodas, graduaciones, se interrumpieron ese verano de principios de los ochentas con la noticia. Mi ciudad era tranquila en esa época y un caso así era de escandalizar. El vendedor de periódicos, en un afán creativo, anunciaba el encabezado de la nota en la sección local Venga a ver, el amante bandido, de aquí, sí de aquí del barrio, venga a ver, el amante bandido…
Ingenioso al tomar de bandera la canción de Bosé y subrayando el asunto de que el sujeto en cuestión era del barrio, pronto salieron los vecinos a comprarle su mercancía movidos por el morbo y la curiosidad.
El amante bandido, se ganó su apodo porque le robó a su amante, la esposa del dueño de la entonces clásica tiendita de la esquina, una gran cantidad de dinero. Se trataba de un robo hormiga. Cada que iba a su visita conyugal, pasaba por la caja, y tomaba su propina. El esposo pensaba que su señora estaba gastando dinero en alguna cosa para ella o ahorrando para comprar algún mueble. Nunca hubo sospechas. Que Doña Esther tuviera un amante ya era suficiente noticia, pero aún faltaba la identidad del hombre.
El caso fue descubierto porque la madre del adúltero le encontró el dinero debajo del colchón. Siendo un joven de escasos ingresos no tenía cómo justificar tales entradas de efectivo a menos que las hubiera sustraído de las ofrendas que recogía los domingos, pero era tal cantidad que se incluirían las iglesias de varias ciudades en el conteo. Padre y madre, dolidos y avergonzados, lo hicieron confesar. Primero, por supuesto, habría que devolverle el dinero a la Iglesia, reconocer sus pecados, expiar culpas.
El silencio y la sorpresa, bailaron a su ritmo el vaivén de la anécdota, ida y vuelta y viceversa. El dinero era de la tienda. El chamaco tenía una relación con la señora dueña.
“La Pava” cambió su apodo por “El amante bandido” pues fue tal el asombro, que estuvo en los encabezados de los periódicos locales que así fue llamado en todos ellos. Hasta en las noticias de la televisión, cuando iban a pasar avances del caso ponían de música de fondo la canción. Segura estoy que Miguel Bosé jamás pensó en semejante promoción.

 Lorena Sanmillán; Agosto de 2007

Publicado en on Agosto 11, 2007 at 11:22 pm Dejar un comentario

Don Diablo

Fernando, el vecino, gritó mi nombre frente a la casa de mis padres aquella noche. Estábamos en segundo año de la primaria. ¿Sería 1981, 1982? Salí a ver de qué se trataba el asunto.  ¿Tienes una camisa roja que me prestes?¿Y unas mallas? ¿Unas mallas? ¿Para qué quieres tú unas mallas? ¡Es que voy a salir en la asamblea de mañana! ¿Y? ¡Voy a bailar! ¿Qué vas a bailar? ¿Las tienes o no? Sí, pero ¿qué vas a bailar? Todo esto lo dijimos a través del barandal, mientras le abría la puerta.

Entramos a la casa y entonces me contó que iba a bailar la canción de moda Don Diablo, la de Miguel Bosé, esa que ponían en casi todas las estaciones del radio, la pegajosa que mucha gente cantaba, la que estaba en la lista de las Trece de Radio Trece la que todo mundo se sabía, pero no, no Fernando.

Y es que él era muy serio y muy alejado de la definición de bailarín. Le gustaba el futbol y andar en bicicleta. Lo último que hubiera imaginado era verlo danzar así como el español, ni siquiera intentarlo. No había punto de comparación: Bosé desinhibido, aventurado, encantador: todo lo contrario de mi vecino. Buscamos la camisa y las mallas. Platicamos un rato. Se fue.

Dormí con una sonrisa en los labios. No podía imaginarlo. Todo cuanto quería era que amaneciera para verlo bailar. Una parte de mí moría de curiosidad; la otra de un morbo de lo más cruel por ver hacer el ridículo a mi mejor amigo. Todo afecto tiene sus bemoles.

La asamblea comenzó según lo esperado. Los himnos, la parte cívica del asunto y después los bailables recreativos. Anunciaron “Don Diablo”, dieron una semblanza de Miguel Bosé y comenzaron a bailar.

Inolvidable. Fernando parecía embutido. Mi camisa le quedaba justita justita y las mallas lo hacían fluir al ritmo de una canción que sólo él escuchaba y muy distinta a la que sonaba en los altoparlantes de la escuela. Movía los brazos a la izquierda … te agarra, muy suavemente… mientras todos los demás se movían hacia la derecha… te acaba en un pis-pas… Cuando terminó la canción, aplaudimos todos, pero no le aplaudíamos a todos. Sólo a él y a su madre que orgullosísima le tomaba fotografías. Contarlo no sólo es un modo de inmortalizarlo, es además un merecido homenaje por su valentía. Yo hubiera querido hasta darle un beso chiquitín con un swing, por aquí, por allí, pero no me atreví. Si hasta el Diablo sabe a quién se le aparece.

Lorena Sanmillán; Julio 2007

Publicado en on Agosto 9, 2007 at 6:09 am Dejar un comentario

Deja que…

Eran las cuatro de la mañana cuando me fui a acostar. Muchos pendientes en mi vida insomne. Ayer se descompuso tu coche y me ofrecí a llevarte a tu trabajo. Hubiera sido mejor no dormir, así no hubiera andado medio zombi.

Desvelada y todo, manejé más kilómetros de los que estoy acostumbrada. Llegué a tu casa con el tiempo justo. Amante de la puntualidad, ya estabas lista. Me esperabas con un café, sin leche ni azúcar, en la mano derecha y en la otra, tu prisa absoluta de castañuela en rambla.

Nos dirigimos hacia tu trabajo. Intenté disipar tu preocupación por la hora contándote chistes y anécdotas de mi vida. Quería verte sonreír y sólo conseguía lo contrario. Sugeriste que pusiera el noticiero, pues querías escuchar la hora y los consejos sobre el tráfico para indicarme una mejor ruta a seguir.

Una vez más me negué a circular por el acotamiento. No te pareció buena idea. Empezó tu nerviosismo. Se tensaron las venas de tu cuello y decidí hacer el resto del trayecto callada. Aunque te veías linda en tu uniforme obvié el piropo presa de la timidez.

Llegamos cuatro minutos antes de la hora en que tenías que marcar tu tarjeta. Bajé del coche para abrazarte y desearte buen día. Apenas me abrazaste, pendiente como estabas del reloj checador. Ni tu perfume pudo quedarse conmigo en un roce así de intempestivo.

Al regresar al auto, el noticiero había terminado y la estación programó música. Como si lo hubiera pedido, Bosé cantaba Deja que sepa más de ti, cómo haces el amor, con qué tomas el café… cómo te gusta el baño, di, deja que haga algo por ti, que te lleve a trabajar… La plenitud del instante cubrió el hueco del sueño.

Y tú, que escuchabas la misma canción en la música ambiental de tu trabajo, redondeaste el momento, enviándome la estrofa en un mensajito al celular mientras sonreías desde la ventana de tu oficina, compartiendo así, a la distancia, lo que había deseado desde que amaneció.

Lorena Sanmillán; Marzo 2006

Desde Monterrey para ti, Madrid

 En el 11M

Aunque me recibiste de mala gana, fuiste mi puerta de acceso a Europa. Ahí estaba, con los ojos arrasados por una meta alcanzada, caminando por tu territorio sin alfombra roja en Barajas. No importaba, tú no me habías invitado.  Decidí visitarte de improviso y, la mar de educado, cumpliste tu papel de anfitrión a la fuerza. Plaza Colón fue lo segundo que me ofreciste. México y España unidos de forma irremediable por su compartida historia.

Junto a ti me emocioné al ver mi bandera en la Embajada. Cantamos miles de canciones en tus calles y plazas mientras caminaba. Tuviste atardeceres gloriosos, amaneceres intensos, tardes quietas y noches de luna hermosísimas. Todo lo vi y lo viví desde mi balcón en Lavapiés.

Cómo te quiero Cómo te quise. Cuánto me dolió despedirme de ti. Fuiste un beso apresurado y atrevido en el aeropuerto, el cine viendo Las Horas, llamadas de larga distancia desde la Plaza Callao, la sensualidad de Sara Baras en el teatro Calderón, la magnética presencia y el lirismo de Miguel Bosé en las Ventas, la guitarra de Paco de Lucía, la música de Joaquín Rodrigo, la poesía de Joaquín Sabina, las arengas de Antonio Flores, la vitalidad de Miguel Ríos, la pasión de la  Niña Pastori, las baladas de Camilo Sesto, el romance de Perales, las metáforas de Mecano, las historias de Serrat, la voz dulce de Ana Belén, la propuesta de los Presuntos Implicados. Fuiste Kiss FM, escuchándola por todos lados.

Fuiste Carlitos narrándome su vida en Cuéntame cómo pasó, la fiesta de la Virgen de la Paloma, un tablao flamenco en la plaza Mayor. Fuiste el oso y el madroño sonriendo ante el Tío Pepe de Puerta del Sol, la Marcha de No a la Guerra y la espera de una primavera. Fuiste la euforia por descubrir una carta en mi buzón.

Fuiste un libro de la Casa del Libro, un disco de FNAC, una mascada del Corte Inglés, una bufanda del Realmadrid, una blusa de Zara, unos churros de Ginéz, un café del Zahara, un bocadillo de jamón serrano, unas patatas alioli, unos calamares empanizados, una merluza a la romana, una fresca ensalada, una caña de Mahou, una bota de vino tinto, un arroz con leche castigadito con anís, un jerez a media tarde, unas violetas imperiales. Una paella bien hecha. Fuiste paragüayos, yogurt griego y galletas Digestives. Fuiste hasta los premios por los puntos acumulados en el Champion. Fuiste muchas cosas, pero sobre todo siempre fuiste tú.

Caprichoso, vanidoso, arrogante. Humilde, soberbio, impresionante. Famoso, desconocido, impactante. Genuino, repetitivo, entrañable. Predecible, distinto, desconcertante. Rítmico, monótono, elegante. Pequeño, grande, gigante. Ordinario, cotidiano, deslumbrante. Cosmopolita, tradicionalista, cambiante. Mío, nuestro, de todos. De nadie.

Supiste consentir todos mis sentidos. Siempre me asombraste. Cuando quise escribir, dispusiste para mí, la pluma fuente, el papel impreso, los sobres y el lacre. Cuando quise leer, dejaste los libros regados en la calle, permitiendo que leyera tu historia al caminarte. Cuando quise cantar, me diste pájaros para acompañarme. Cuando quise caminar, ponías la sombra para escoltarme. Cuando necesitaba silencio, por mí, acallaste. Posaste sin saber o sabiéndolo, en todas las formas que me dejaste retratarte. Siempre de puertas abiertas, como la de Alcalá, la del Sol y la de Toledo. Todo tú espléndido.

Me entregaste el arte del Prado, la calma del Retiro, el entusiasmo del Bernabeu, el misticismo de Aranjuez, el glamour de la Gran Vía, la majestuosidad del Palacio Real, la armonía de los jardines de Sabatini, la algarabía del Rastro, la distinción de los almacenes de Goya, la autoridad del Palacio de La Moncloa, la delicada tersura de la Catedral de la Almudena, el encanto del Templo de los Jerónimos, la sabiduría de la Real Academia de la Lengua Española, la juventud de la Universidad Complutense. Fuiste el escenario de la comida con Vicente.  El Barrendero me saludaba de muy buen humor cuando pasaba por su plaza rumbo a Puerta del Sol. Me compartiste la Cibeles cuando así lo decidiste, celoso, porque esa mujer es legítima y exclusivamente tuya.

También me permitiste conocer Atocha, quien como una madre, femenina, imponente y generosa,  abre sus brazos para recibirte y despedirte cuando tú quieras. Ella está ahí para tus viajes, para tus ansias. Ahí te espera, te guía, te lleva. Te alimenta con sus panes recién hechos y su café, con los bocadillos, con los napolitanos de chocolate y con el colacao. Te reconforta con una cerveza en un día soleado después de una jornada de trabajo. Te recuerda la magia de escribir al vender estampillas y postales en los estancos.

Hoy atentaron contra ti, contra ella, contra esa madre férrea y tierna que reside ahí. El punto de encuentro, el punto de llegada y partida. Cuántos abrazos tiene en su historia. Cuántas lágrimas por los encuentros, por las despedidas. Cuántas decisiones se toman en sus pasillos. Me quedo, me voy. De noche, de mañana o al mediodía. Cuántas ilusiones al comprar boleto. Cuántos planes detrás de un reencuentro.

Tengo todos los recuerdos de un Madrid íntegro sin clasificar en mi memoria. Y hoy, te veo herido y sangrante y no sé cómo curarte, no sé qué decirte, no sé cómo abrazarte. No tengo la menor idea de cómo consolarte. Ni siquiera tengo lágrimas para expresarte mi dolor. Estoy desolada, herida, desconcertada. Me refugio en mis letras, en mi sentir, en mi esperanza. Me dueles ahora lo mismo que me alegraste.

Yo te vi entero, Madrid. Yo te vi, Atocha, fascinante.  Yo te conocí, dominante. Sé que esto no te destruirá, que te veré renacer y que ahí estarás de nuevo, entera, completa y maravillosa cuando te vuelva a ver.

Huele a tierra mojada, a nostalgia, a tristeza. En mi ciudad está lloviendo. Eso dicen, eso parece. Yo te digo que no, Madrid; lo que en realidad pasa es que mi ciudad es solidaria contigo y con todo el pueblo español. Monterrey llueve intermitente y te acompaña así, llorando a tu lado para intentar diluir tu inmenso dolor.

Lorena Sanmillán; Marzo 11 2004

Publicado en on Agosto 1, 2007 at 7:51 am Dejar un comentario

Sí funciona y (en mala hora) funciona muy bien

Ajá. Cómo no. Jodida como ahora tengo mi vida y encima pasan estas cosas en mis sueños. Vale la pena hacer una cronología y no está de más destacar -otra vez- mi total y absoluta fascinación por Miguel Bosé.

La última semana de junio, dentro de la fecha límite, fallándole a la mexicana manía de hacer las cosas al último minuto, acudí a las oficinas de la Sección Amarilla para inscribir un anuncio del local que por ahora diseño y construyo. Todo muy bien. Nosotros le hablamos.

Había un error en el anuncio, así que era necesario corregirlo. Allá voy de nuevo. Con la diseñadora, con el sujeto que me atendió. Que de eso se encarga su Departamento de Diseño, que no hay ningún problema, que estamos en tiempo. Nosotros le hablamos.

Aprensiva en el trabajo y los pendientes y ante la debacle ocasionada por tantas cosas adversas dentro de un proyecto aparentemente tan pequeño, decidí insistir. Ya sé. Conozco muy bien el dicho de No empujes el río, porque fluye solo, sin embargo, seguí insistiendo. La respuesta era, siempre, la misma: Nosotros le hablamos.

Y así, cada lunes, durante todo julio, un mail, un telefonema. ¿Qué noticias tiene de mi anuncio? Todo bien, nosotros le hablamos.

Ayer fue lunes. La mágica mañana coronó un gran fin de semana. Con mis ojos cerrados y la mente abierta a la ensoñación, ahí estaba, en un concierto de Miguel Bosé en Las Ventas. Volví a sentir todo. La emoción de la fila, la gran alegría al comprar los boletos. Estar ahí, ahí, precisamente ahí con el hermoso hermoso hermoso de Miguel Bosé. Todo él, todo su arte, todo música, todo talento, todo poesía… Ese modo de andar, ese look cha cha chá… Tirar pa’lante, hasta que el corazón aguante… Amiga, qué dulce esa palabra y qué sencilla esa palabra suena hoy… Te amaré, te amaré… Le mer…

Y de pronto, por alguna razón tenía un libro en la mano. Su biografía autorizada, misma  que no he comprado ni creo comprar porque aunque valga lo que cuesta mis finanzas no me permiten pagar el precio que en el mercado se le ha fijado y tampoco he podido conseguirlo en México. Pero tenía su libro en la mano y estaba haciendo fila para que me lo autografiara.

Llegó mi turno. Huelga decir lo fascinada que estaba. Perdida en su mirada azul, extraviada en su galanura. Encantada. Realizada. Callada, yo que tanto había ensayado eso de decirle tan bello es caer a tus pies… Feliz. Era tan real, que hasta podía oler el sudor combinado con su loción. Quería besarlo, tomarme una foto, eternizar el momento de su abrazo. Le extendí el libro para que me lo firmara. Justo empezaba a dibujar la M de Miguel, cuando se escuchaba a lo lejos un celular que sonaba. Yo no lo identificaba. Bosé me mira enojado y me dice “¡Joder, anda, constesta ya que es tu movil y me da la lata!”

Y contesté, regresando a la realidad tirana que se ríe a carcajadas, arrancada de ese dulce sueño cual jugada del brutal destino. Lunes. Ocho de la mañana. Era la Sección Amarilla. Cumpliendo su palabra. Ya está listo su anuncio. Vaya, vaya. Sí funciona… y (en mala hora) funciona muy bien.

Lorena Sanmillán; Agosto de 2005

La divamorena

Inocente y coqueta. Quien no te conozca, que te lo crea. Sonríes entrecerrando los ojos, con ese gesto tan inherente a tu persona. Parece casual, espontáneo y sin embargo intuyo cómo lo has ensayado. Cuántas horas frente al espejo reafirmándote bonita; tiempo disuelto en la búsqueda del mejor perfil. Exteriorizas una sonrisa: quienes la vemos, interiorizamos una caricia y la hacemos nuestra, súbditos inmediatos de tu encanto.

Ensayas, con habilidad y constancia tu mejor papel, que además te queda pintado, dentro de una partitura inconclusa diseñada al vaivén de un claro afán seductor.  Lo natural de tus movimientos hace que tu comportamiento parezca planeado, pero es tal tu esencia que te conduces como si no supieras que estás actuando. Combinas el orgullo y altivez de una diva distante, con la calidez vertida en los abrazos de amiga que incansable repartes.

Ignoras las ansias que provocas y las sigues incitando. Justo ahí reside un vértice de tu maquiavélico atractivo.

Voy sentada a un lado tuyo, en tu coche; tensa y feliz.  Metaforizas el trazado de mi destino al controlar el volante con la mano siniestra. Solas tú y yo, sin testigos. Qué miedo tomar la otra mano y qué gran tentación por la cercanía. Adivino que puedo hacerlo, pero un resquicio de prudencia me detiene y entonces permanezco inmóvil, aunque sube la tensión interna. Qué vértigo mirarte a los ojos, desnuda en mi confidencia.

Desvío la mirada para fingir que dentro de mí no pasa nada. Admiro tus cejas, y es evidente el deseo que comienza, renacen las ganas de pasearme por ellas, acariciarlas y redibujarlas sintiéndome creadora de tanta belleza. Mas tu vanidad ya se ha encargado de darles forma. Sólo resta entonces observarlas con respeto, de lejos, las manos quietas,  tal como se aprecia la estética congelada que habita los museos. 

Algún diseñador, francés o italiano, te ha provisto aroma para ser recordada cada vez que alguien respire y evoque la atmósfera en la cual existes. Una mirada indiscreta -la mía- deambula por tu ropa, que se convierte en continente de las formas de tu cuerpo.

Conversamos, cada una atrincherada en sus diálogos predeterminados. En mis silencios y dentro de mis párpados, imagino la escultura de tu desnudez morena. Suspiro. Comento. Disimulo. Varias dudas arremeten de pronto, ¿y si lo notaras?, ¿y si lo supieras?, ¿y si ya lo sabes?, ¿y si es esto, precisamente,  lo que esperas?

Cambias las velocidades de tu coche, observando atenta el camino, ignorándome mientras nada te platico. Abandono mi defensa y me convierto de nuevo en prisionera voluntaria del reflejo de tu mirada suspendida en el parabrisas. Escribo en mi mente estas líneas que no sé si algún día te compartiré o existirán sólo en la pantalla de mi computadora. Es un juego de dos, donde no sé a ciencia cierta si ambas sabemos que lo estamos jugando y esto lo vuelve más excitante.

¿Si algo te escribo y te lo doy, será un tributo, un trofeo de guerra para tu vanagloria de mujer?, ¿si te lo escribo y no te lo doy, seré yo quien se queda con algo?, ¿quién tiene el control?, ¿necesitamos que exista este control? No lo sé, la tentación es el aguijón de mi cobardía. La perspectiva de fracaso infiere seguridad.

Ambiciono reunir todas las palabras que te enteren de mi aprensión, mi deseo. Abrumarte a través de halagos en blanco y negro para llegar hasta ti en medio de una tarde con frío o una noche de calor intenso. Disolver tu indecisión,  revestir la soledad que te acompaña. Homenajearte con volcánica ofrenda después de observarte engalanada sólo con el reflejo de la luna.

¿Si me perdiera en tu sonrisa, me mostrarías el camino de regreso?, ¿a dónde envío este beso que hoy no puede descansar en tu cuerpo?

Tengo miedo de dar un paso en falso pero esa es la única manera de jugar este juego. ¿Y si exhibo de pronto mis cartas en la mesa, sólo para enterarme que tú juegas algo distinto? ¿y si escondieras el comodín que en este momento necesito y completas mi jugada? Atreverse. ¿Y si perdemos el miedo  y nos dejamos fluir? ¿Habrá manera de equivocarse y continuar? Qué locura pretender darte una lección cuando eso significa caer en tu trampa.

Quisiera que descubrieras tus alarmas,  las encendieras y al encontrarme en mi delito pusieras el alto, pero al mismo tiempo me siento observada y veo cómo disfrutas cuando actúo pensando que no puedes verme de intrusa en tu territorio minado. No muevo ninguno de los cascabeles porque dentro de tu estrategia ya los has silenciado. No he pasado los límites porque desde siempre los tienes bien marcados. Y tan oronda, invitas lo mismo que impides. No sé cuánto tiempo más me podré contener.

Dos manos, llenas de lujuria e imposibilitadas para recorrerte. ¿Cuántas, cuántas caricias le caben a tu piel? Esa es la incógnita que jamás resolveré. Tal vez nunca suceda, o quizá ocurra tantas veces que hasta llegaré a perder la cuenta. No lo sé. ¿Lo sabes tú? Dos ojos, una mirada, que no entiende tu código para informarte cuánto y cómo eres deseada.

Y todo esto pasa, mientras muerdo la frustración de que no sucede nada. Tú tan mujer, plena, morena preciosa dulce y arrogante coqueteando conmigo sensible vulnerable y cautiva. Y nada sucede, porque resulta que sólo somos amigas.

Lorena Sanmillán; Mayo de 2002

Gana

Para Ana Guevara y su medalla

Te veo en la televisión, en los anuncios panorámicos, en las revistas, en los periódicos. Me molesta la publicidad con cierto grado machista. Mi héroe es una chava. ¿No debiera escribirse “heroína”? Dime que corro como una chava…como si eso fuera qué. Que corres en infinitum, si es de las conexiones que más fallan…Eso sí, están bien padres tus tenis. ¿Dónde compras tus aretes?

De pronto me pareces fea hasta la desesperación y en otras fotografías apareces de una belleza extraordinaria. Quizá es la satisfacción lo que transforma tus facciones. Tienes unas cejas hermosas y Nicole Kidman copió tu nariz para ganar el Oscar en “Las Horas”. Me encantan tus piernas, tu abdomen tan similar al mío y la fuerza de tus brazos. Me gusta tu tesón lo mismo que tu humildad. Te ves tan hermosa con el rostro cubierto de triunfo y sudor.

Sé pocas cosas de ti. A pesar de tanto que se dice, de tanto que se lee y de tanto que se escribe. Ana, Ana Guevara, ¿quién es Ana? ¿sólo es la mujer que corre? ¿qué hay detrás de tus pasos? ¿cuáles son tus alegrías? ¿cuáles son tus pasiones? ¿qué sientes al viajar por el mundo y correr tan rápido? ¿te alejas a la misma velocidad de tus nostalgias? ¿te entregas con la misma rapidez cuando amas?

Me gustaría conocerte, platicar contigo y saber cómo estableciste tu meta, de dónde nace tu  fe para creer en lo que haces, cómo has tenido el valor de continuar, de dónde sacas la pasión para luchar. Sería fascinante descubrir tu misterio personal. Quisiera abrazarte y sentir tu cuerpo cubierto de sudor, con tu cintura que seguramente me cabe en un brazo cuando cruces la meta en el lugar que sea. Cuántas ansias por transportarme hasta ese momento de verte triunfadora.

Supongo que no es muy sano escribirte mientras fumo un cigarro, pero estarás de acuerdo que no podría escribir si estuviera corriendo. Además, quiero escribirte ahora. Después de las tres de la tarde, serás historia. Si ganas, los medios y los mexicanos no sabrán donde ponerte; si no ganas tampoco.

Los habladores llegaremos a los extremos, te llenaremos de elogios o de insultos, según un resultado de un esfuerzo que no compartimos. Incapaces, casi todos, de correr siquiera por un vaso de agua, campeones de las estadísticas, todos tendremos consejos para darte o nos llenaremos la boca diciendo que siempre confiamos en ti, que todos sabíamos que podías hacerlo. Qué injusto. Qué poca cosa somos, cuando la mayoría no hemos sabido tener el mismo valor ni la disciplina para seguir adelante con un sueño de la naturaleza que sea.

Dice Miguel Bosé Ser tercero es perder, ser segundo no es igual que llegar en un primer lugar, por compartir esa emoción quiero que ganes. Quiero verte triunfar. Que llegues en primer lugar, ver como das tu vuelta olímpica, disfrutar tu momento, sin anuncios, sin patrocinadores, sin sonido. Sólo viéndote. Que te abrace el cielo, que te cubra la luna, que toda la historia de la Acrópolis reviva en tus pasos, que seas la cariátide del triunfo, que todas las demás sean el corifeo de tu esfuerzo. Que suene, glorioso, nuestro himno, que suba nuestra bandera hasta el lugar que tu determinación la lleve. Corre, Ana, corre.

Aún no entiendo mucho eso de correr. Corres más rápido, sí, llegas primero, sí ¿Y qué? No es eterna la posición de primero. Siempre habrá quién lo haga en menos tiempo. Pero es cierto, Ana, la frase “Yo lo hice” nadie te la robará. Sólo tú tendrás la medalla, esa medalla tuya y de nadie más. No hay nada igual a eso. Corre, Ana, corre. Gana, Ana, gana. Porque ganar es el placer que hoy no te debes perder.

Lorena Sanmillán/Agosto 2004

Publicado en on Julio 31, 2007 at 10:40 pm Dejar un comentario