Don Diablo

Fernando, el vecino, gritó mi nombre frente a la casa de mis padres aquella noche. Estábamos en segundo año de la primaria. ¿Sería 1981, 1982? Salí a ver de qué se trataba el asunto.  ¿Tienes una camisa roja que me prestes?¿Y unas mallas? ¿Unas mallas? ¿Para qué quieres tú unas mallas? ¡Es que voy a salir en la asamblea de mañana! ¿Y? ¡Voy a bailar! ¿Qué vas a bailar? ¿Las tienes o no? Sí, pero ¿qué vas a bailar? Todo esto lo dijimos a través del barandal, mientras le abría la puerta.

Entramos a la casa y entonces me contó que iba a bailar la canción de moda Don Diablo, la de Miguel Bosé, esa que ponían en casi todas las estaciones del radio, la pegajosa que mucha gente cantaba, la que estaba en la lista de las Trece de Radio Trece la que todo mundo se sabía, pero no, no Fernando.

Y es que él era muy serio y muy alejado de la definición de bailarín. Le gustaba el futbol y andar en bicicleta. Lo último que hubiera imaginado era verlo danzar así como el español, ni siquiera intentarlo. No había punto de comparación: Bosé desinhibido, aventurado, encantador: todo lo contrario de mi vecino. Buscamos la camisa y las mallas. Platicamos un rato. Se fue.

Dormí con una sonrisa en los labios. No podía imaginarlo. Todo cuanto quería era que amaneciera para verlo bailar. Una parte de mí moría de curiosidad; la otra de un morbo de lo más cruel por ver hacer el ridículo a mi mejor amigo. Todo afecto tiene sus bemoles.

La asamblea comenzó según lo esperado. Los himnos, la parte cívica del asunto y después los bailables recreativos. Anunciaron “Don Diablo”, dieron una semblanza de Miguel Bosé y comenzaron a bailar.

Inolvidable. Fernando parecía embutido. Mi camisa le quedaba justita justita y las mallas lo hacían fluir al ritmo de una canción que sólo él escuchaba y muy distinta a la que sonaba en los altoparlantes de la escuela. Movía los brazos a la izquierda … te agarra, muy suavemente… mientras todos los demás se movían hacia la derecha… te acaba en un pis-pas… Cuando terminó la canción, aplaudimos todos, pero no le aplaudíamos a todos. Sólo a él y a su madre que orgullosísima le tomaba fotografías. Contarlo no sólo es un modo de inmortalizarlo, es además un merecido homenaje por su valentía. Yo hubiera querido hasta darle un beso chiquitín con un swing, por aquí, por allí, pero no me atreví. Si hasta el Diablo sabe a quién se le aparece.

Lorena Sanmillán; Julio 2007

Published in: on agosto 9, 2007 at 6:09 am  Dejar un comentario  

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