Amante bandido

“La Pava” y su familia, todos cristianos, no faltaban los domingos al servicio de la Iglesia Esmirna. No sólo iban a escuchar, eran participantes entusiastas de todas las actividades. La hermana mayor cantaba con los adolescentes, la madre coordinaba el coro y el padre daba clases a los párvulos. Él recogía la ofrenda y hacía servicio comunitario.
Además de ser rubio, se distinguía de los demás muchachos por callado. Le decían “La Pava”, porque de pequeño, dentro de la influencia pagana del vecindario de clase media, había aprendido a bailar esa cumbia del mismo nombre que estaba de moda cuando él tenía dos años.
A mí, por respeto a su familia, a su amistad con mis hermanos, a su edad, pero sobre todo por no concordar con el género, me resultaba muy difícil llamarlo así. ¿No debería ser “El pava” o “El pavo” o ya de perdido “El pavito”? Pasaba horas buscándole la lógica a su apelativo. Sin embargo, no recuerdo su nombre y menos aún porque siempre se movió entre apodos. Y así será recordado para la posteridad, por lo menos en el barrio, y ahora con el internet, a nivel mundial.
Las noticias comunes de la colonia, bautizos, bodas, graduaciones, se interrumpieron ese verano de principios de los ochentas con la noticia. Mi ciudad era tranquila en esa época y un caso así era de escandalizar. El vendedor de periódicos, en un afán creativo, anunciaba el encabezado de la nota en la sección local Venga a ver, el amante bandido, de aquí, sí de aquí del barrio, venga a ver, el amante bandido…
Ingenioso al tomar de bandera la canción de Bosé y subrayando el asunto de que el sujeto en cuestión era del barrio, pronto salieron los vecinos a comprarle su mercancía movidos por el morbo y la curiosidad.
El amante bandido, se ganó su apodo porque le robó a su amante, la esposa del dueño de la entonces clásica tiendita de la esquina, una gran cantidad de dinero. Se trataba de un robo hormiga. Cada que iba a su visita conyugal, pasaba por la caja, y tomaba su propina. El esposo pensaba que su señora estaba gastando dinero en alguna cosa para ella o ahorrando para comprar algún mueble. Nunca hubo sospechas. Que Doña Esther tuviera un amante ya era suficiente noticia, pero aún faltaba la identidad del hombre.
El caso fue descubierto porque la madre del adúltero le encontró el dinero debajo del colchón. Siendo un joven de escasos ingresos no tenía cómo justificar tales entradas de efectivo a menos que las hubiera sustraído de las ofrendas que recogía los domingos, pero era tal cantidad que se incluirían las iglesias de varias ciudades en el conteo. Padre y madre, dolidos y avergonzados, lo hicieron confesar. Primero, por supuesto, habría que devolverle el dinero a la Iglesia, reconocer sus pecados, expiar culpas.
El silencio y la sorpresa, bailaron a su ritmo el vaivén de la anécdota, ida y vuelta y viceversa. El dinero era de la tienda. El chamaco tenía una relación con la señora dueña.
“La Pava” cambió su apodo por “El amante bandido” pues fue tal el asombro, que estuvo en los encabezados de los periódicos locales que así fue llamado en todos ellos. Hasta en las noticias de la televisión, cuando iban a pasar avances del caso ponían de música de fondo la canción. Segura estoy que Miguel Bosé jamás pensó en semejante promoción.

 Lorena Sanmillán; Agosto de 2007

Published in: on agosto 11, 2007 at 11:22 pm  Dejar un comentario  

The URI to TrackBack this entry is: https://tanbelloescaeratuspies.wordpress.com/2007/08/11/amante-bandido/trackback/

RSS feed for comments on this post.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: